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Norte Franco (“Los que buscan el poder a costa de todo no lo hacen para gobernar, su ambición va por otro sendero”) Para algunos, alcanzar el poder es lo máximo, el éxtasis, la gloria, es el logro de la ambición personal; para otros es un reto de alta responsabilidad y de muy exigente capacidad rectora, de sacrificio y de obligante desprendimiento en lo individual.
En el primer caso, se busca con pasión, poniéndose al servicio de esta causa todo cuanto pueda ser necesario para alcanzarlo, no importando los recursos a utilizar ni su legitimidad, con tal de lograr su propósito. Mientras que en el segundo, se rehúsa en las primeras instancias, o se accede al mismo bajo condiciones muy especiales de necesidad institucional; y aún así, cuando es sugerido asumirle, es probable que no se acepte en el primer momento, que se medite sobre la conveniencia o no de hacerlo. En tales circunstancias, la moral ejerce siempre un papel importante.
En nuestra historia, son numerosos los casos en que el poder ha recaído en las manos de los primeros, quienes bajo cualquier argumento o artilugios surgen como salvadores de la patria, provistos de alguna consigna que les distinga, sin importarles el significado de la misma. Un buen ejemplo de esto lo dio Antonio Leocadio Guzmán ante el Congreso en 1867, cuando dijo: “No sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la Federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa; esa idea salió de mí y otros que nos dijimos: supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea; porque si los contrarios hubieran dicho Federación, nosotros hubiéramos dicho Centralismo”.
En cambio, son muy contados los casos en que el poder no ha sido la suprema aspiración de grandes civilistas nuestros, como es el caso de Don Cristóbal Mendoza, José María Vargas y Rómulo Gallegos, los dos últimos víctimas de los Carujo apasionados del poder.
Los que buscan el poder a costa de todo, no lo hacen para gobernar, su ambición va por otro sendero, como bien lo dejó sentado André Malroux en “La Condición Humana”: “Los hombres, son quizás indiferentes al poder…Lo que les fascina ante esa idea, no es el poder real; es la ilusión del buen placer. El poder del Rey es gobernar. Pero el hombre no tiene deseos de gobernar, siente el deseo de dominar. De ser más hombre, en un mundo de hombres. Escapar a la condición humana, no poderoso, sino todopoderoso. La enfermedad quimérica cuya justificación intelectual no es más que la voluntad de deidad. Todo hombre sueña con ser un Dios”.
Estos hombres logran alcanzar cimeras posiciones y usufructuar el poder a sus anchas hasta que se derrumban por sí solos, sin alcanzar jamás lo que lograron aquellos que lo desempeñaron con sabiduría y profundo sentido humanista. Estos vivirán en la memoria de los pueblos, a ellos y sólo a ellos pertenecerá la gloria. |