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lunes, 01 de diciembre de 2008
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Angelitos Negros Imprimir E-Mail
Escrito por Arlán A. Narváez-Vaz R. (*).-arlannarvaez@gmail.com   
jueves, 07 de agosto de 2008

“El poema recuerda el mestizaje y el igualitarismo como propiedades que han identificado a los venezolanos, por encima del empeño de este régimen por sembrar la discriminación racial”

Image Entre los poemas de autores venezolanos posiblemente el más conocido a nivel internacional sea “Angelitos Negros”, aunque por esas cosas que suelen pasarnos, en la mayor parte de los casos suele otorgársele la autoría a “algún poeta mexicano”, cuando no se limita aún más su existencia a una canción, cuya letra atribuyen a María José Quintanilla, cantada por Pedro Infante (en una película de ese mismo nombre) o, más recientemente, por Luis Miguel. La referencia tiene actualidad porque el 6 de agosto, pero de 1897, en Cumaná, nació su verdadero y único autor, Andrés Eloy Blanco; poeta, abogado, político y humorista que sufrió en carne propia la persecución, cárcel y exilio por defender sus indoblegables convicciones democráticas y por la pasión con la que se entregó a la defensa del pueblo, las libertades y la construcción de un país más justo, con instituciones sólidas, transparentes y estables.

La primera vez que escuché sus Angelitos Negros fue en el acto de fin de curso de mi primer grado de primaria, porque le tocó recitarlo a un amigo y compañero de clases, Bernardo Loreto, hoy reputado abogado. Posteriormente me tocó recitarlo en otros actos de fin de curso, en Madrid y en bachillerato en Caracas. Obviamente no es el único poema donde Andrés Eloy dejó constancia de su profunda sensibilidad popular, venezolanista y democrática, pero, por ser el más conocido representa su memoria hasta el punto de que, en lo que una vez fue la plaza Andrés Eloy Blanco, en la Esquina de Santa Capilla, se exhibía una placa que copiaba el manuscrito original del poema.

El poema recuerda el mestizaje y el igualitarismo como propiedades que han identificado a los venezolanos, por encima del empeño de este régimen por sembrar la discriminación racial, empezando por la ofensa que supone restarles venezolanidad a las personas de piel oscura, recordándoles su remoto origen africano. Uno se pregunta por qué a ellos quieren llamarlos “afrovenezolanos”, pero los demás sí quedan como venezolanos completos porque no los llaman “eurovenezolanos” o “chinovenezolanos” o “turcovenezolanos”: como de costumbre, con su demagogia, ¡trataron de hacer una gracia y les salió una morisqueta!. Andrés Eloy, en cambio, expresó magistralmente nuestra verdadera esencia: “Si queda un pintor de santos, si queda un pintor de cielos, que haga el cielo de mi tierra con los tonos de mi pueblo… con sus angelitos blancos, con sus angelitos indios, con sus angelitos negros que vayan comiendo mango por las barriadas del cielo.”

Andrés Eloy tuvo que exiliarse en México porque fue presa de la persecución de “el iluminado” de aquel entonces, aquel otro militar autócrata que se creía infalible e insustituible, a quien también se le sometía la caricatura de los Poderes (Legislativo, Judicial, Moral y Electoral). Allá, lejos de su patria y de su pueblo que tanto sentía y amaba, perdió la vida, en 1955, atropellado por un automóvil. Que en el exterior confundan la autoría o la nacionalidad de la obra de Andrés Eloy no tiene por qué representar una ofensa a su memoria; como si lo puede ser que su plaza sea hoy, como lo sugiere el fuerte hedor que allí se siente, un amplio urinario, refugio de drogadictos e indigentes y que su esquina noreste haya sido tomada por los seguidores de Lina Ron como su “cuartel general”. La placa, corroída por el óxido, solamente podrá verla quien se empeñe en encontrar su relieve debajo de las abundantes muestras de “arte revolucionario” que, junto a nuestro Libertador, exaltan a Marx, Lenin y a guerrilleros extranjeros; obviamente indicando que, para sus pintores, haber causado derramamiento de sangre tiene más méritos que haber sabido interpretar en vida y en poemas el sentimiento y los anhelos del pueblo… Qué triste es que estos desprecios a la civilidad sean una característica tan común en la Venezuela de hoy.

¡Cosas veredes, Sancho!
(*) Profesor UCV

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