| Un país de reinas |
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| Escrito por Álvaro Pérez Capiello | |||||
| sábado, 02 de agosto de 2008 | |||||
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De cara a los problemas y retos por los que atraviesa el mundo de hoy, los concursos de belleza constituyen un divertimento, ese “alto en el camino” que requiere el hombre contemporáneo para no clavar la mirada en las cuotas vencidas de la tarjeta de crédito, los giros del carro, o las facturas del condominio, la luz y el teléfono. Colirio para los ojos, como reza la expresión popular, fue la receta adecuada del canal de la Colina en su transmisión del pasado trece de julio, cuando se coronó nuestra Dayana Mendoza como la mujer más hermosa del universo. Tras de todo evento confluyen numerosas voluntades, así debemos reconocer el admirable trabajo del zar de la belleza, Osmel Sousa, y de todo el equipo de la organización Miss Venezuela, entre quienes se cuentan: instructores, estilistas, diseñadores, maquilladores, y paren ustedes de contar. Como quiera que los hechos no pueden ser evaluados de manera aislada, sino que ellos le profesan una cuota de respeto y sumisión al pasado, conviene recordar a nuestras reinas sentimentales. Nos referimos, sin duda, a Maritza Sayalero (Miss Universo 1979), Irene Sáez, Bárbara Palacios y Alicia Machado, quienes, con su particular estilo, supieron cautivar a los jueces del certamen. Nuestro país, hoy por hoy, además de sus riquezas naturales y sus paisajes, es reconocido en el mundo entero por la belleza de sus mujeres y la calidad de sus deportistas. No somos, entonces, como apostaría cierta crítica: indolentes, flojos, descuidados e incapaces de vivir en democracia, sino un pueblo de gente cordial, trabajadora e imaginativa, como lo demuestran decenas de artistas, reinas de belleza, científicos, peloteros y técnicos. El término arte cinético se remonta a 1920. Ya en su Manifiesto Realista, Gabo repudiaría aquel “error milenario heredado del arte egipcio, que veía en los ritmos estáticos el único medio de creación plástica”. Así al querer reemplazarlos por ritmos cinéticos, crea un lazo entre el arte y la ciencia, sentando las bases para una interpretación novedosa de la realidad. La búsqueda de Jesús Rafael Soto, a partir de 1952, se cristaliza en torno al efecto de “moiré”, obtenido mediante un fondo finamente estriado en blanco y negro. También el sentido del tacto se junta con el de la visión en sus “environnements penetrables”, en los que el espectador ingresa a un universo de varillas de acero o de nylon para advertir la totalidad de las “relaciones en el interior del mundo”.
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